
- La Tamborada de Hellín podríamos definirla
como una manifestación en la que participan alrededor de 20.000 personas, sin
distinción de edad, sexo o condición.Ésta no tiene un lugar determinado de partida,
ni recorrido oficial, aunque sí se toma como centro neurálgico y carismático la
calle de El Rabal y vías adyacentes. Siempre ha resultado una empresa harto difícil
el resumir en pocas líneas el fenómeno de las Tamboradas de la Semana Santa hellinera,
pues son muchos y variados los aspectos de su idiosincrasia que en ellas confluyen.
En cuanto a la indumentaria del tamborilero, está compuesta de túnica negra y capuz
negro o pañuelo rojo anudado al cuello. Otro elemento singular es "la cruceta", una
especie de báculo formada por un cruz de tres traviesas en la que se puede leer el
nombre de la peña, es portada a modo de guía.
La Tamborada transcurre entre el incesante y ensordecedor rugido de los miles de
tambores, con esporádicas incursiones de algunas cornetas que acompaña a un par de
"toques" típicos. Tanto unos como otros interpretan ininterrumpidamente varias sonatas
o toques de aguante típicos, que el gracejo popular vienen llamándoles... "que me lo
han tentao", "como Rambla" o "racataplán", entre otros.En este gran "tumulto", también
tienen cabida emotivas escenas con amigos, familiares y asiduos a esta fiesta que,
ausentes de Hellín durante el resto del año, acuden fielmente a la cita de las Tamboradas.
Hay que recordar la leyenda o creación histórico-literaria, que uno de los más afamados
escritores locales, Mariano Tomás, escribiera a principios del siglo, en que se cuenta cómo
unos hellineros intimidaron a los árabes cuando se aproximaban al pueblo para atacarlo en
1332 y se celebraba, con profusión de ruidos (caracolas y carracas), los misterios de
la Muerte y Resurrección de Cristo, haciéndoles huir al comunicarles un pastor que, la
algarabía, la provocaban las huestes cristianas al no encontrar suficiente alojamiento
en las casas de la población. Además son varias y muy antiguas las referencias a la
utilización del tambor por los hellineros.
El primero de estos datos nos remonta a la batalla de Sagrajas, el año 1086, cuando
las tropas almorávides hicieron huir la ejército cristiano (en el que se ha comprobado que
gentes de Hellín), al escuchar el estruendo de los tambores (hasta entonces desconocidos
por la Cristiandad), que los árabes hacían sonar para, confundiendo a sus enemigos, hacerles
creer que el número de sus guerreros era muchísimo mayor. Esta hipótesis apunta que
durante siglos posteriores, los árabes, que convivían en nuestra población con judíos
y cristianos, hacían sonar los tambores y otros instrumentos de percusión a modo de
mofa, precisamente en Semana Santa, cuado los cristianos celebraban su principal conmemoración
anual.

Otra referencia histórica, muy aceptada por estudiosos e investigadores, es la
que se refiere a la visita de que en 1411 hizo a Hellín San Vicente Ferrer, en su incansable
predicación contra brujas y adivinos, que le llevó a recorrer la población acompañado de
"músicos y cantores" que, tañendo sus instrumentos, en especial de percusión (tambores),
configuró lo que fueron las antiguas procesiones de penitencia, en la que los fieles se
flagelaban y martirizaban, y que perduraron hasta mediados del siglo XIX, organizadas por la
Cofradía de Nuestra Señora del Rosario (actual patrona de la ciudad), de la que se tienen
datos ya en siglo XVI, siguiéndose en este tiempo con la costumbre de que fuera un grupo de
tamborileros quien encabezase los desfiles, llamando así a los fieles.
Lo expuesto hasta ahora enlaza con los datos que apuntan a que, a mediados del siglo XVIII,
en que en las procesiones españolas se introducen marchas militares, la celebrada Jueves Santo en
Hellín, llamada de los Azotes, era encabezada por una sección de tambores. Los últimos hallazgos
históricos, hechos hace pocos años por investigador local Antonio Losada, demuestran que
ante el incremento espectacular de este grupo de tamborileros, se producen unos polémicos
conflictos que llevan a que, en 1859 como primer intento y en 1876, ya de forma definitiva,
se configuren nuestras tamboradas en la forma y manera en que hoy las conocemos. Ello se deduce
de unas cartas que el clero local dirige a las autoridades municipales, solicitando de éstas que,
ante la profileración fuera de los desfiles de buena parte del gran número de "nazarenos-tamborileros"
que encabezan éstos, se tomasen las medidas oportunas para castigarles severamente. Esto se hizo
a través de un bando que imponía multas y encarcelamiento para quien así actuase, pues se llegaban
a producir graves escenas que injuriaban a la religión cristiana e incluso provocaciones obscenas
a quienes acudían a los templos. Como consecuencia del intento mucipal de poner en marcha las
disposiones del bando, tuvieron lugar altercados y alteraciones del orden, que propiciaron el que
los tamborileros se rebelasen definitivamente, saliéndose de las procesiones y tocando el tambor
libremente por las principales calles de la ciudad, siendo así como esta centenaria tradición llega
hasta nuestros días.
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